domingo, 5 de junio de 2011

Cordones en red

LIA SCHENCK

Reconozco que soy una mujer muy afortunada. Cuando ya creía que era imposible enamorarme, lo logré una
vez más. Soy separada tres veces y mi único hijo está en Canadá. Esta vez el amor me sorprendió en un  ómnibus a Pocitos. Yo no pude evitar decirle al chico que iba sentado al lado mío que se atara los championes.
Eso dio lugar a un diálogo muy profundo donde me confesó que a raíz de ese descuido tiene muchos problemas en el fútbol. El juega en la B de un cuadro muy conocido y más de una vez pudiendo haber hecho un gol no lo hizo precisamente por enredarse en los cordones. A mí me conmovió mucho que él se animara a contarme algo tan íntimo. Después resultó que nos bajamos en la misma parada y para mí fue muy natural darle mi teléfono por cualquier cosa. El día que me llamó me emocioné mucho. A veces me da miedo que la diferencia de edad sea una cosa mal vista, pero la verdad es que somos muy felices. Una amiga dice que los cordones de él estarían  desatados pero que los míos están desacatados. Lo único que me importa es que yo con él me siento flotar como en una nube.

Con él puedo lograr cosas que nunca logré con mis tres parejas anteriores y ni siquiera con mi hijo, como por ejemplo que seque el baño después de bañarse. Lo que más quisiera es que un día llegara a jugar en la primera de algún cuadro grande y que en lo posible lo pudieran vender al Manchester. Me imagino que vivir en Inglaterra con él sería como un sueño. Yo pienso que mi caso no es tan excepcional.
Parece ser que las mujeres separadas varias veces tenemos más chances de enamorarnos nuevamente.
Es como si después de cada separación saliéramos con más desconfianza en los hombres pero con más confianza en nosotras mismas. Estadísticamente está demostrado que reincidir en el amor es una forma de autoestima que no sólo beneficia la salud personal sino que contribuye a aligerar a la sociedad actual de las diferentes formar de depresión. Por eso yo pienso que una sociedad tan tirando al gris como la nuestra, debería tener en alta consideración a las mujeres que como yo tienen esa increíble capacidad de superar la desconfianza a los hombres y vuelven a confiar en el amor. Mi hijo está por venir de Canadá y no sé cómo podrá tomar esta relación, que es muy importante para mí y voy a defender contra viento y marea. Lo que más deseo es que entienda la situación y no se sienta desplazado. No quisiera que lo vea como a un padrastro sino más bien como a un amigo. Lo que me propongo es no entrar en comparaciones del tipo “¿Viste como él sí seca el baño?”. Ese tipo de comparaciones generalmente no ayudan para nada. Más bien
voy a dejar que ellos se entiendan a su manera. Que jueguen a las cartas, que me ayuden a lavar el auto, que saquen entre los dos a pasear el ovejero alemán.
Hay tantas cosas que podrían hacer juntos… Lo que está claro es que yo no quiero que se traten como padre e hijo y mucho menos como hermanos. En realidad lo que yo más quiero es no enredarme en mis propios cordones. 

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